1. Las nuevas voces de la narrativa chilena no son un colectivo, ni una masa. O un movimiento que prolifera como un grupo uniforme (de patrones similares en cuanto a estilos o modas). Cada uno de los emergentes autores dispara desde su propia trinchera. Sí, por supuesto, hay un punto en común: son chilenos. Y claramente existe una perspectiva similar de escribir sobre la sociedad en la que viven, pequeña y lejana del resto del mundo, pero cada uno desde sus rollos e inquietudes. Se conocen entre ellos, la mayoría, seguramente, quizás por lo acotado del medio editorial chileno y por las escasas alternativas que existen para publicar en cuanto a revistas culturales y/o editoriales. Pero no son una tribu, ni llevan un nombre o una marca, ni frecuentan los mismos rincones de la ciudad, ni aparecen en las mismas revistas (porque tampoco las hay), como, por ejemplo, sí sucedió –o sucede- con los escritores integrantes de la generación Nocilla: manifestación literaria abanderada por Agustín Fernández Mallo y que -aunque se quiera o no- se puede definir, independientemente de ciertos matices diferenciadores entre sus autores, como un grupo homogéneo de la escena narrativa española actual.
Tomando como línea de tiempo los últimos diez años, sí se habla con propiedad de un nuevo panorama en la narrativa chilena, tanto en géneros como temáticas (novela, cuento, microficción, crónica, etc.; familia, adolescencia, burla, ironía, fantasía, identidad, ciudad, muerte o sexo; respectivamente). Escenario que la revista Quimera ya presentó en una edición de 2010, bajo el título: “Cuando pase el temblor. Nueva narrativa chilena”, en la que se incluyó estudios escritos por Claudia Apablaza, Álvaro Bisama y Pablo Torche, y relatos de Alejandro Zambra, Marcelo Mellado, Marcelo Lillo y Juan Pablo Meneses. Este artículo representa una muy buena pincelada, para los lectores españoles, de la narrativa chilena de hoy. De autores, eso sí, que en Chile hace rato sobrepasaron la categoría de noveles o primerizos: Meneses, ha publicado en Colombia, España y Argentina; Bisama, lleva seis libros a cuestas con benevolentes críticas; Zambra pertenece al corral de Jorge Herralde e integra la lista de Granta; o Marcelo Lillo –se dio a conocer en 2008 con su libro El fumador-, una firma consagrada en Mondadori.
Obviamente, existe algo más allá de este buen dossier que confeccionó Quimera. El escenario se amplía y, asimismo, como bien lo están haciendo estos escritores nombrados anteriormente (más nombres destacados como el de Andrea Jeftanovic, Jorge Baradit, Alejandra Costamagna, Rafael Gumucio, Patricio Jara y Carlos Labbé, entre otros), hay una serie de nuevas voces que están haciendo sus primeras armas o la harán en un futuro cercano, principalmente gracias a diversas editoriales independientes, como La Calabaza del Diablo o Das Kapital, por nombrar algunas. No es una mera coincidencia. Estos sellos son verdaderos espacios de experimentación editorial, ajenos a esas leyes y presiones del mercado que regulan a las grandes casas o transnacionales. Factores claves y finales cuando se decide publicar un original, más si su autor es un novel o debutante.
2. En el buen artículo escrito por Claudia Apablaza (Diario de las especies, Barataria) titulado: “Entre el estado y el mercado. Narradoras chilenas nacidas entre el 70 y el 85”, se vislumbra un panorama esclarecedor de la literatura femenina en Chile y de lo que sucede con ésta hoy. Diversa en temáticas, pero común en difusión y espacios para publicar.
La mayoría de las narradoras nombradas en el artículo se abanderan, en términos de tradición y aprendizaje narrativo, entre Diamela Eltit (Impuesto a la carne) y Pía Barros (El lugar del otro), ambas destacadas y consagradas escritoras chilenas. Por ejemplo: por la primera, Andrea Jeftanovic (Escenarios de guerra, Baladí) y Andrea Ocampo (Ciertos ruidos), cercanas a la experimentación y al lenguaje; y por la segunda, Alejandra Costamagna (Animales domésticos) y Patricia Poblete (Marcha atrás), relacionadas con la acción y la descripción de la historia y su trama en sí. Nombres a las que se unen Lina Meruane y Nona Fernández, como representantes de la narrativa femenina chilena actual.
Hay un patrón común en la mayoría de las autoras nombradas: un aislamiento editorial. Y el primer dato de la causa es la escasa proliferación de estas autoras en los mercados extranjeros. Obviamente, hay excepciones. En España, la mayoría son desconocidas, lamentablemente. Apablaza apunta una tesis interesante: “Creo que ellas mismas se cierran a los lectores fuera de Chile, al publicar en transnacionales. Todos sabemos que, por políticas económicas, los libros locales en los grandes grupos llegan hasta donde acaba el país”. Claro, quizás si buscasen oportunidades de publicación en editoriales independientes extranjeras –por ejemplo, Candaya ejerce una labor editorial orientada en ese sentido-, como el caso de Jeftanovic en Baladí, podrían mostrarse más, como sí es más recurrente en los hombres. Claro está, es un tema que da para otro artículo.
¿Y qué tal las autoras noveles? De las autoras jóvenes ya publicadas, sin duda, los principales nombres que salen a la palestra son los de Francisca Solar, nacida en 1983, y Andrea Ocampo, nacida en 1985.
La primera, luego de su decepción al leer el quinto tomo de la saga escrita por J.K Rowling, Harry Potter y la Orden del Fénix, decidió escribir su propia versión del sexto tomo, mediante Internet, generando 1 millón de visitas y buenos comentarios desde las editoriales y la crítica. Posteriormente, tal éxito le valió firmar un contrato, a los 22 años, con la gigante Random House Mondadori para escribir una trilogía sobre sucesos paranormales y fantásticos, publicando el primer libro en 2006 bajo el título La séptima M; además, escribe para niños en la editorial SM, en su colección Barco de Vapor. Y no se queda sólo allí: ha participado en antologías, por ejemplo, en la muy bien recibida Cuentos chilenos de ciencia ficción (Ed. Norma), aparecida en 2010, junto autores como Jorge Baradit (Synco) y Marcelo Simonetti (El fotógrafo de Dios), y siendo la única mujer.
La literatura de Andrea Ocampo se desmarca de la fantasía de Solar. Ocampo (que lanzó hace poco su primer poemario, Piñata), cercana a la crónica y el ensayo, traza en Ciertos ruidos (Planeta, 2009) un mapa sobre las nuevas tribus urbanas chilenas, representadas en su mayoría por los pokemones, emos, góticos o las peloláis. Diversos grupos surgidos al amparo de la modernidad y la globalización, donde la autora intenta esclarecer sus significados, sus lenguajes, sus referentes culturales, modas y maneras de mirar el mundo. Podemos agregar también a Mónica Ríos, que con su primera novela, Segundos, cosechó una muy buena crítica de la prensa. Licenciada en Letras, debutó en el género novelesco en Sangría, mismo sello del que es editora junto a Carlos Labbé.
Las autoras inéditas merodean entre revistas culturales, blogs y talleres literarios. Algunas se muestran más que otras. Carolina Melys o Ximena Jara, son nombres conocidos en ciertos ambientes del panorama literario local. No han publicado, pero de seguro lo harán más temprano que tarde. Precisamente, Ximena Jara (quien también imparte talleres de lectura y fue nombrada en Quimera), apareció en el libro Porotos granados -definido como “la antología chilena del cuento breve contemporáneo”-, que incluye piezas narrativas diversas en temáticas, estilos y lenguajes. En ella, una serie de autores son sindicados como lo “mejor” de lo que hay en Chile en el género del relato. Jara apareció junto a textos de Zambra, Apablaza, Mellado, entre otros autores.
Desde su mirada como autora inédita, Ximena Jara opina sobre el actual panorama, y apunta una arista interesante que quizás complementa ese aislamiento al que se refiere Apablaza: “Si bien los mercados se han ido equiparando en términos de género, y las mujeres pueden perfectamente figurar entre primeros lugares en venta o lectoría -por buena o mala que se la juzgue, Isabel Allende es la autora más solicitada en el sistema chileno de bibliotecas públicas-, a las nuevas generaciones de mujeres narradoras se las juzga de acuerdo con su calidad, pero también se las valora desde sus temáticas y cuán “de género” son.
“En la narrativa femenina –agrega Jara- a diferencia de la narrativa “universal”, como quien dice masculina, no se buscan los grandes problemas, conflictos o temáticas “del género humano”, sino las problemáticas “típicas de lo femenino”, como si eso escapase de la humanidad transversal. El problema, entonces, no reside tanto en las formas de publicación o en el acceso a los mercados (problema común en narradores y narradoras) sino más bien en los códigos de lectura que tienden a agrupar o estigmatizar a cualquier mujer narrando en la vereda de la “literatura feminista” o “de género”.
Finalmente, opina que “las voces femeninas existen en Chile, se multiplican y se posicionan con fuerza, como en toda Latinoamérica. Pero dado el carácter íntimo del ejercicio de escribir, no puede sino ser un ejercicio subjetivo, este de darse voz. El tema parece ser la validación de esas voces en tanto “voces mismas”, antes que la categorización de esa obra como parte de un ejercicio de resistencia o de validación, aunque también puedan serlo”.
3. En Chile, las editoriales independientes han sido -y son- refugio de muchos autores que buscan oportunidades de publicación. La edición alternativa no es una industria gigantesca como en España, pero proporcionalmente, por lectoría y tamaño del mercado editorial chileno, sí tiene una participación relativamente importante. Y no es raro que talentosos narradores prefieran abrir los fuegos de su trabajo en este tipo de sellos -pese a la precariedad de la promoción y distribución-, ya que sus editores están más abiertos a cualquier tipo de temáticas y estilos narrativos.
Por ejemplo, Libros La Calabaza del Diablo es una interesante editorial independiente y la marca un proyecto editorial muy distintivo: editar libros es una manera eficaz de cambiar la sociedad. Desde 1997, es una editorial líder en su estilo. Su catálogo lo integran libros de narrativa, poesía, memoria, arte y ciencias sociales. En el ámbito de la narrativa, le han dado espacio a autores jóvenes. Como en los últimos años: editaron Camanchaca de Diego Zuñiga y Hombres maravillosos y vulnerables de Pablo Toro, como dos destacadas obras debutantes.
En su novela, Zuñiga dibuja un viaje entre un padre y su hijo, desde el centro al desértico norte de Chile. A medida que el tiempo del trayecto avanza, el chico –el narrador- siente que sus años retroceden, y con ese retroceso aparecen los sentimientos y los recuerdos: su infancia, sus amigos, la relación con sus padres y los desparecidos, aquellos cercanos ausentes, pero presentes en este largo viaje. La crítica recibió a Camanchaca como un “descubrimiento” y, sin duda, Diego Zuñiga con este debut se realza como una de las figuras más promisorias de la narrativa chilena emergente. En su libro de relatos, Toro construye un Santiago imaginario integrado por diversos personajes de la vida social chilena, tanto del cine, la literatura, el espectáculo y la televisión. Personajes que deambulan entre la ficción y la realidad, y que hacen de este primer libro una buena puerta de entrada para su autor.
Matías Rubio debutó hace algunos meses con Geografía de lo inútil, bajo el sello independiente Chancacazo. En su relato construye diversos fragmentos de vidas de personajes anónimos: un profesor retirado, un abogado que administra el edificio en el que siempre ha vivido, un médico exiliado y un joven provinciano; todos conviven en el mismo edificio, y comparten espacios atemporales y temporales; un pequeño muestrario de vidas y mundos del transcurrir cotidiano, que engloban a esta novela como uno de los buenos libros editados en 2010. Por su parte, Daniel Hidalgo publica su opera prima en editorial Das Kapital; en Canciones punk para señoritas autodestructivas traza a Valparaíso –su ciudad natal- como un escenario de personajes delirantes, en medio de basuras, ruinas y colores grises. Relatos teñidos de descontento, desesperación y duras realidades, lejos de ese Valparaíso que algunos intentan describir hoy: alternativo, cultural y de alto nivel intelectual.
Obviamente, hay varios casos que se quedan en el tintero, pero la tendencia es la misma: varios autores emergentes, que publican y publicarán en sellos que estén dispuestos a apostar por ellos –como es el caso de Andrés del Olmo en Libros del Amanecer-, y que seguramente seguirán enriqueciendo el panorama narrativo actual.
4. El género de la ciencia ficción poco a poco da señales de auge. Ya vimos el caso de Francisca Solar en el apartado femenino y que, sin duda, es parte sustancial del grupo que hace este tipo de literatura actualmente en Chile. Aparte de ella, quizás el nombre más representativo es Jorge Baradit, autor de Ygdrasil (Ediciones B, 2005), Synco (Ediciones B, 2008) y Kalfkura (Ediciones B, 2009), y Premio UPC 2006 de novela corta de ciencia ficción con la nouvelle Trinidad (Ediciones B, 2007). En Synco, por ejemplo, narra la historia de Chile desde una óptica en que Pinochet es el salvador del país (pretende detener el golpe de estado de 1973) y Allende intenta transformar a la nación en el primer Estado cibernético del mundo, haciendo del Socialismo una tendencia política mucho más “conectada”. El proyecto Synco existió, pero nunca se llevó a cabo. Sólo quedó como una idea anecdótica que no se implementó. Consistía en un sistema computacional capaz de controlar el sistema económico de la época en tiempo real. Baradit se sirve de estos datos y construye una historia alucinante de lo que pudo ser Chile, por supuesto, en una realidad paralela.
Francisco Ortega también es un nombre común, de hecho, a compartido variados trabajos con Baradit. Es autor de 60 kilómetros y El número Kaifman (que tuvo una muy buena venta); también es guionista de televisión. Mark Wilson, es otro actual autor destacado, escribió las novelas El púgil y Zombie. Asimismo, este auge se evidencia en varias antologías que se han editado en Chile al respecto. Obviamente, los cuatro nombres apuntados anteriormente son recurrentes en estas obras colectivas. Por ejemplo, Chil3, coordinada por el mismo Baradit, es una antología en la que aparecen varios autores chilenos del género (algunos más relacionados que otros) junto a narradores internacionales, como Edmundo Paz Soldán y Rodrigo Fresán. El título tuvo una buena acogida y se lanzó con éxito en la última Feria Internacional del Libro de Santiago.
También se ha publicado Cuentos chilenos de ciencia ficción (Norma), que incluye cuentos de Francisca Solar, Francisco Ortega, Jorge Baradit, Carlos Tromben y Marcelo Simonetti, entre otros. E, indudablemente, el trabajo que ha hecho la editorial Puerto de Escape -la única especializada en el género en Chile- es sumamente destacable. Este sello, afincado en Valparaíso, ha editado un par de libros muy completos: Años luz. Mapa estelar de la ciencia ficción en Chile, un estudio de Marcelo Novoa, en el que se lanza a la titánica tarea de trazar
un dibujo de la ciencia ficción local, el que tiene como resultado la agrupación de 36 pioneros autores, hombres y mujeres chilenos (desde 1911 hasta el 2005), por primera vez juntos en un libro; y Alucinaciones.TXT, que reúne 20 relatos inéditos, donde circulan apuntes descabellados del futuro; pero también, se ventilan ocultas problemáticas del presente. Y así, queriéndolo o no, se vislumbrara el espacio interior del país; aparecen autores como los ya referidos, Baradit, Solar y Bisama, y también otros como Sergio Gómez, Tito Matamala, Alberto Rojas y Sergio Meier; éste último, ya fallecido, es considerado uno de los padres del género en Chile.









